lunes, 7 de enero de 2013

LA CANTANTE Y LA RUE VAUGIRARD




Si no estoy mal, era un invierno parisino como todos los inviernos parisinos: gris, lluvioso, no tan frío; los árboles no todos estaban desnudos, como esperando los vientos fríos del Este del mes de febrero donde en verdad la ciudad estaría inmersa en un verdadero invierno. Se avecinaban las fiestas de fin de año: navidad y año nuevo. Pero yo estaba absolutamente desconectado de esas fiestas, inmerso en mi soledad que compartía espacio conmigo en esa vieja habitación de un séptimo piso en la Rue Vaugirard, donde siglos antes vivían la servidumbre de las familias burguesas; hoy esos espacios son habitados por estudiantes; ahora no recuerdo el número de ese edificio. Esa habitación que era en realidad una buhardilla era mucho más amplía y cómoda que la tenía unos años atrás cuando vivía en la Rue Berzélius, cerca al Arco del Triunfo. Desde esta habitación podía ver la cúpula de Inválidos y también la Torre Eiffel. Era un espacio muy agradable.

Todas las mañanas me dirigía hacia la biblioteca de la Sorbona en bicicleta tomando la calle Vaugirard hasta la Universidad pues la calle desemboca exactamente en la Plazoleta de la Sorbona. Mi bicicleta que había comprado con algunos ahorros, era tipo holandesa y la compré desde la famosa huelga contra el primer Ministro Allain Jupé de derechas del gobierno de Chirac recién elegido, quien tuvo que renunciar por las huelgas que hicimos contra él; buena parte del país y particularmente París se paralizó por completo por las manifestaciones que comenzó con los estudiantes y luego con los trabajadores. Y por supuesto la mejor manera de moverse, en esos momentos, era en bicicleta. Eso fue en el invierno del 95, es decir dos años antes que transcurriera esta historia. Allí antes de entrar al Alma Mater me tomaba el acostumbrado café en la barra del L'Ecritoire, el café de la Plaza de la Sorbonne. Estaba cursando por aquella época mis estudios de DEA, diploma que ahora fue reemplazado por el Master 2, que es conducente al doctorado. Mi tema de investigación era "Antonin Artaud: le corps comme pre-texte et comme texte en soi-même", tesis dirigida por Geneviève C. una poeta, filósofa y anarquista que ya ha dejado este mundo por desencanto a sus casi setenta años. Yo creo que ella murió en verdad por pena moral y tristeza al ver lo que se avecinaba en el mediano oriente y los países árabes manipulados por occidente.

En aquél entonces, yo asistía a algunos seminarios de la universidad y uno de ellos era uno sobre música que tomaba con Constantin M. En ese curso conocí a un mujer encantadora de una belleza discreta, muy discreta que pasaba completamente desapercibida. Algo "gordita" o mejor dicho, bien entrada en carnes. "C", quien tenía en ese entonces unos veinti-cuantro años, tres menos que yo, tenía el cabello claro y liso, un rostro bello pero escondido en unas gafas inmensas. Su manera de vestir y más aún en invierno ocultaba aún más su cuerpo con grandes sacos de lana, faldas holgadas que le llegaban más a bajo de las rodillas y unas botas altas que subían un poco más allá de los gemelos. Con todo eso ella no inspiraba ni una mal pensamiento y tal punto que era casi invisible en el seminario pues habían otras chichas como la griega, la polaca y algunas francesas que si se hacían notar.

Sin embargo, una de esas tardes le tocaba el turno a ella de hacer su exposición oral que fue todo un éxito. El tema fue realmente apasionante: algo relacionado con Luigi Nono y su compromiso político. "C" tenía un voz hermosa y melodiosa y mientras hablaba se quitaba las gafas y se las volvía a poner con tanta delicadeza que descubrí en ella una sensualidad increíble y una mirada realmente hermosa. Cuando ella ojeaba sus apuntes, sus dedos se posaban delicadamente pero firmemente sobre las hojas y sus labios adquirían de manera extraordinaria otra forma hasta ahora oculta a mis ojos. Muy de vez en cuando sus manos acariciaban sus largos cabellos y la manera de enviarlos detrás de ella era verdaderamente muy seductor.

Esa misma tarde al terminar nuestro seminario, todos los del grupo salíamos a tomarnos una cerveza en L'Ecolier, el otro café de la plazoleta. La charla entre todos estaba muy animada. De repente ella se levanta y dice me voy, tengo que tomar un tren. "¿Cómo así a dónde te vas?" le pregunto y "C" me responde: "A Lyon, yo vivo y trabajo allí y solamente vengo a París para este seminario; mi tren parte a las 7:00 p.m. en punto." En ese momento, nos damos un doble beso en las mejillas para despedirnos y uno de ellos se escapa ligeramente rosando nuestros labios que dibujaron casi al mismo tiempo una sonrisa cómplice. Aún recuerdo el frío de su nariz que me parecía supremamente excitante. Me hice la promesa que la próxima semana no la dejaría escapar y así fue.

Tuvimos el seminario y en la "pausa cigarillo" (creo que en mi vida no había visto fumar tanto como a los franceses; hasta los profesores hacían pausas para salir a fumar) la invité a caminar un rato por el Parque de Luxemburgo que queda muy cerca a la universidad. Ella me dijo: "Sí, esta vez no quiero tomar cerveza." El seminario se me hizo supremamente largo; los minutos parecían una eternidad. un seminario que duraba cuatro o tres horas de 1 a 4, me pareció que duraba el doble de tiempo. Pero mientras el tiempo pasaba nos mirábamos con cierta complicidad. El seminario terminó y nos precipitamos por la Galerie Colbert pasando por el Auditorio Bachelard para salir apresuradamente y tomar la rue Saint Jacques y dirigirnos hacia el Boulevard Saint-Michel. Llegamos al parque y comenzamos a charlar sobre la música. Allí supe que ella era cantante y de ahí la fuerza y encanto de su voz. Caminado con ella me dí cuenta que en verdad tenía un cuerpo muy bello: sus senos eran generosos y bien redondos; el sostén también hace milagros pensé. Pero sus piernas y nalgas se dibujaban con cierto encanto pese a lo poco atractiva que era su falda.

Nos detuvimos frente a la fuente de María de Médicis, que creo es el lugar más encantador de ese parque; la fuente es una replica perfecta de las fuentes del Renacimiento compuesta por una gran y alargada alberca encerrada por una hilera de columnillas que soportaban jarrones de piedra donde en primavera normalmente le adornan generosas flores. En el fondo un Tritón o quizá el mismísimo Neptuno, ahora no sé, mira con curiosidad a una pareja de jóvenes amantes. Esa escena nos sedujo inmensamente e inmediatamente nuestra conversación se tornó hacia el amor y el sexo. Nos imaginábamos las fiestas orgiásticas que se haría en aquella época alrededor de esa fuente, incluso en la misma fuente: !Ah, reyes canallas! En ese momento me acordé que en un cinema que ya no debe existir y del cual no me acuerdo el nombre, muy cerca de la universidad en la rue Clovis, pasaban el Decameron de Pier Paolo Pasolini, película inspirada en Boccaccio, esa magnífica cinta primera parte de la "Trilogía de la vida". La invité y ella aceptó gustosa pero insistiendo que temía perder su tren. A lo cual yo insistía, "No te preocupes tomas el siguiente..." Entre risas y risas esa era mi intensión o que realmente se decidiera a perder el tren. Ya veremos, pensé.

Entramos y nos instalamos en la sala que ya estaba en penumbra pues la película acababa de arrancar. Todos los que leen este relato deben haber visto esa película; de lo contrario entenderán a medias lo que que sucedió. Sino lo han hecho vayan inmediatamente a verla, es imperdonable que no lo hagan. La película comenzó meternos en tremenda calentura a los dos; cosa que nuestras miradas y nuestra previa conversación en el parque ya había hecho. Pero las escenas del magnífico Pasolini hicieron en nuestros deseos lo que tenía que hacer. Mi pierna tocaba inicialmente la suya y luego fue mi mano que comenzó a palpar el paño de su falda. Un paño inglés que era agradable al tocar. Luego mi mano se lanzó a tocar con más insistencia su muslo. ¡Qué piernas, dioses, qué piernas! En ese momento ya le película parecía no importar aunque nuestras miradas parecían estar concentradas en la pantalla. Luego yo intento subirle la falda y ella me detiene apretándome la mano. Pero sus manos, sus delicadas manos, estaban en este momento calientes, verdaderamente calientes: cosa que en esta época del año era cosa muy apreciable en ese París invernal. Pero su apretón fue como: un no pares. Mis caricias se concentraron en sus manos: nuestros dedos jugeteaban y luego nuestras manos simularon la cópula entre apretón y apretón y uno que otro pellizco. Luego mi mano se fue sin ninguna resistencia a su entrepierna y comencé a dejar jugar mis dedos hasta que sentí una cierta humedad que se evaporaba a través del espeso paño. Luego tome su mano y la puse en mi sexo. Ella timidamente comenzó a acariciarme y luego con más fuerza. No aguanté más y tomé su cabeza entre mis manos y mis labios se fundieron con los suyos inmediatamente. Mi lengua jugueteaba entre las comisuras de sus labios (cosa que a ella parecía excitar de una manera increíble) para luego juguetear con la de ella hasta que la mía terminó entre sus dientes... aauuu grito y ella sonríe. Luego vuelvo con más impetu pero esta vez poso mi lengua juguetea con el lóbulo de su oreja y su cuello...

La película no la terminamos de ver, como era de esperarse y ella tampoco tomó el tren hacia Lyon, sino hacia las 12h00 del día siguiente. La Torre Eiffel y la cúpula de los Inválidos, fueron testigos de nuestra noche y amanecer de sexo acalorado en esa noche de invierno, en el séptimo piso de la Rue Vaugirard. Su voz cada vez que ella tenía un orgasmo, resonaba en esas paredes y sin duda llegaba hasta la Esplanada de los Campos de Marte. Nos seguimos viendo durante varios meses hasta que la primavera comenzó y mi interés giró esta vez hacia otros horizontes.

R.A-P. París 7 de enero del 2013. A la hora donde todos duermen o casi todos, menos la otra mitad del mundo.




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