viernes, 4 de enero de 2013

DESEOS QUE ENSEÑAN.



El colegio ha sido ese lugar, desde siempre, donde uno comienza a sentir que el cuerpo es cuerpo y que la mente es capaz de todo lo inimaginable. Un lugar donde una cierta Educación sentimental (a lo Flaubert), se expone a disposición de los alumnos aunque la sexualidad queda restringida a ciertas clases donde se enseña anatomía, comportamiento y salud. Bueno eso era en mi época y eso remonta a más de treinta años atrás. Pero el relato al que me referiré en Corazón de Piedra, se remonta a la década de los ochenta: más exactamente a finales de los ochenta. Yo había sido expulsado de uno de los más prestigiosos colegios de Jesuitas de la capital, pues ya había acumulado una serie de faltas disciplinares que una más (el préstamo de una revista de playboy a los estudiantes de mi salón de clase en plena recreación: la recreación física no se podía confundir con la recreación sexual), haría que me quitaran la beca de la que gozaba. Y por supuesto, mis padres de clase media emergente, no podían para nada  pagarme la matricula. 

Llegué entonces a un colegio mixto por fortuna, inmerso y perdido en la principal universidad pública del país del Sagrado Corazón de Jesús, donde continué a desarrollar mis capacidades intelectuales y a despertar una líbido que dormía timidamente hasta entonces. Así, haya experimentado por esa época de adolescente, mis juegos eróticos con la muchacha del servicio como era costumbre en muchos de nuestros hogares, el contacto con mis compañeras del sexo opuesto despertaba un gran interés en mí por ir al colegio sin falta. Recuerdo esas mañanas frías, entrando al salón de clase, donde el cabello de mis compañeras a medio secar, con agradables olores a champú, dejaba aún escurrir algunas gotas sobre el saco de lana vino tino (pues usábamos uniforme). Sus faldas de paño gris y cortas con las medias blancas generaban a esa hora de la mañana una extraña sensación de hambre y ansiedad: exactamente como tener mariposas en el estómago que revoloteaban indisciplinadamente. La clase de educación física, que nombre más pertinente para ese entonces, era el momento perfecto para dejar volar mi imaginación que lograba explayarse a voluntad en las noches frías y húmedas en la soledad de mi cuarto.

Así pasó buena parte de mi bachillerato teniendo una que otra aventurilla muy escasa por cierto con mis compañeras de colegio. Hasta que en le penúltimo año, quinto de bachillerato se llamaba ese nivel, el colegio (que era en esencia un lugar de prácticas pedagógicas) acogía a jóvenes estudiantes universitarios de idiomas de semestres avanzados. Es así como llegó al colegio nuestra profesora practicante de inglés llamada "C". Una mujer trigueña de pelo liso largo que se ponía unas faldas ceñidas a su cuerpo que realmente era espectacular resaltando sus nalgas. Yo ocupaba estratégicamente la última silla de una de las hileras de pupitres del salón. Y desde allí pasaba toda la clase mirando al tablero y el cuerpo y las piernas con medias veladas de la profesora que en ese momento tendría unos veinte y dos años creo. Su rostro era redondo y sus ojos almendrados dejaban ver unas grandes y coquetas pestañas. Su boca de labios carnosos alentaba mi imaginación sobre todo cuando pronunciaba palabras como you, love, more... Creo que de ahí viene que mi inglés sea tan mediocre. Imposible concentrarme en las lecciones: ¡qué mujer dioses!, pensaba.

La profesora dejó su práctica pedagógica que fue de muy corta duración: solamente unos tres meses, dejándonos a más de uno al abandono, con la profesora titular que era un mujer anciana, bastante flaca, nada atractiva. Por supuesto mi inglés no mejoró para nada. Al contrario empeoró. La imagen de esta profesora me acompañó durante varias noches hasta que otras figuras del deseo vinieron a reemplazarla.

Pero el relato no acaba ahí. Unos tres años después yo ya había ingresado a la universidad a estudiar Bellas Artes (antes de que esta honorable carrera cambiará caprichosamente de nombre sin tener en cuenta la memoria y la tradición). Yo comenzaba mis prácticas de atletismo que intercalaba con mi taller de teatro y de pronto veo a una hermosa mujer corriendo los 1500 metros en el estadio. Inmediatamente mi corazón comenzó a saltar como si estuviese cronometrando ese paso veloz. Era ella, mi profesora de inglés. No dudé en saludarla, cuando ella paró de correr: "Hola "C"¿se acuerda de mí? Ricardo... fui estudiante suyo en el colegio en quinto"... "Claro que sí, como no me voy a acordar de usted, si usted no hacía sino desnudarme con la mirada". En ese momento, sentí que el cielo se me caía encima y la tierra comenzaba a tragarme. El calor se subió a mis mejillas... y le dije bueno gusto verla... y comencé a darle vueltas a la pista... Qué estúpido fui, mientras veía como ella se dirigía a los camerinos con su toalla secándose el rostro. Su cuerpo era aún más hermoso que cuando la tenía yo como profesora. De manera que aceleré el paso y antes de que ella dejara el estadio, le pregunté: "¿Nos vemos más tarde? E inmediatamente me contestó: "Ya era hora no?"...

Así comenzó una relación erótica maravillosa que duró algunos meses. Ella, que tenía unos seis o siete años más que yo, vivía cerca de la universidad en un apartamento que compartía con otras amigas. En ese apartamento pasábamos horas enteras tirados y tirando en un colchón de rallas azules. Las cobijas de tigre, esas que venden los ecuatorianos, servían para cubrirnos en las noches frías y húmedas de luna llena en esa Bogotá de cerros aneblados hasta que el calor y la calentura de nuestros cuerpos, volvían de nuevo a enviarlas al carajo. Nuestros cuerpos sudorosos y jadeantes se enredaban entre sí, generando un sólo cuerpo hasta el orgasmo. Me encantaba sus piernas, sus labios, sus nalgas.. en realidad todo su cuerpo que era de una verdadera atleta. Esa rutina era casi diaria, donde realmente aprendí mucho del amor y del sexo. Llegué a enamorarme de ella, pero por fortuna  no volví a saber de ella, pues viajó a Inglaterra a perfeccionar su inglés haciendo un master. Digo por fortunada pues en esa época teníamos sexo sin condón y creo que estuvimos a punto de tener un hijo. Hecho que me hubiese cambiado por completo la vida cómoda de estudiante. Supongo que ella, se habrá casado con un inglés y tendrá varios hijos o sea divorciada; una mujer así no podría pasar indiferente para los británicos ni tampoco estar felizmente casada para siempre. Comenzaba para mí la decada de los noventa; un momento algo difícil políticamente hablando para el país, que varios logramos sublimar haciendo el amor desaforadamente.

R.A-P
París, 4.01.2013

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